Charles Chaplin
“Este es un momento muy emocionante para mí; las palabras parecen fútiles, tan enclenques… Solo puedo decir gracias por el honor de haber sido invitado aquí. Sois maravillosos, gente dulce.”
Era el año 1972, y con estas palabras recogía Charles Chaplin el Oscar honorífico con el que la Academia de Hollywood le premiaba por fin, tras años de injusto olvido, por “convertir al cine en el arte del siglo XX”. Era también una especie de reconciliación entre Chaplin y Estados Unidos, país que primero idolatró, y después maltrató al genio del cine mudo, acusándolo formalmente de “traidor a la patria y comunista”, expulsándolo del país y forzándolo al exilio.
En sus inicios, Chaplin se limitó al cine puramente burlesco, típico de la comedia norteamericana de principios de siglo. Ataviado con un característico bigote, un bombín, unos enormes zapatones y un chaleco estrecho, Chaplin adoptó muy pronto la figura de un tierno y pícaro vagabundo, el famoso personaje de “Charlot”, con el que desarrolló algunos gags visuales absolutamente memorables. Pero a medida que la popularidad de Chaplin aumentaba en todo el mundo, su preocupación y su conciencia social también lo hicieron. Los gags de “Charlot” ya no eran tan solo divertidos, también eran ácidos y amargos, y disparaba con bala. Chaplin se erigía en un rebelde y un poeta de lo cotidiano, un artista que captó la esencia de los tiempos que le tocó vivir, y criticó, a través del personaje de “Charlot”, la falta de libertades de un país que se autoproclamaba el país de la libertad, así como también la hipocresía reinante, la de todas aquellas personas que se empeñan en hacer infelices a las demás.
Así pues, Chaplin toma la rienda de su desbocado éxito y empieza a dirigir él mismo sus películas. Y es entonces cuando el cine de Chaplin cobra una nueva dimensión.
El genio no se conforma con la risa y la crítica social, sino que también se atreve con el drama, siendo pionero a la hora de mezclar en una misma película conceptos a priori tan antagónicos como la risa y el llanto. El resultado es una colección insultante de obras maestras, que vinieron una detrás de otra: “El Chico” (1921), estremecedora película que refleja los terribles recuerdos de un Chaplin que vivió su infancia entre orfanatos; “La quimera del oro” (1925), en la que Charlot viaja a Alaska en busca de fortuna, de amor y de la felicidad; “Luces de la ciudad” (1931), la más bella poesía romántica de la historia del séptimo arte; “Tiempos modernos” (1936), sensacional crítica al capitalismo y a las sociedades industriales; “El gran dictador” (1940), impresionante y visionaria sátira sobre el fascismo y un maravilloso canto por la libertad; “Mounsier Verdoux” (1947), extraordinaria comedia negra sobre un aristócrata francés que seduce a las mujeres para luego matarlas y quedarse con sus fortunas; y la última gran obra maestra del genio, “Candilejas” (1952), un testamento artístico de una amargura infinita, con la que Chaplin compone un nostálgico y arrebatador canto a la vida.
La silueta de “Charlot”, icono del cine y de la cultura popular del siglo XX, representó nada más y nada menos que el anhelo de millones de personas de todo el mundo, que no es otro que la búsqueda constante de la felicidad y la aspiración por tener una vida digna y justa. Y por eso Chaplin fue un artista universal. Con un solo gesto, con una mirada, con la genial poesía de sus movimientos, Chaplin expresaba muchísimos sentimientos y emociones, tantos que cualquiera puede verse reflejado en ellos.
El humanismo extremo del que hacía gala Chaplin ha sido usado por sus detractores, acusándole de buscar siempre la lágrima fácil. Por suerte, el tiempo ha colocado a cada uno en su sitio, y ahora, cuando el cine de Chaplin no solo permanece entre nosotros, sino que se antoja extraordinariamente actual y moderno, cuando su inmenso talento como cineasta ha quedado relegado y se habla de Chaplin ya no como cineasta sino como artista total, el mayor del siglo pasado junto a Picasso, cuando 30 años después de su muerte, miles de personas en el mundo siguen riéndose a carcajadas con sus cortos y películas, incluso los más pequeños, nuevas generaciones que seguirán riendo con su pícara sonrisa y sus andares de pato, y llorando con la nostalgia de su mirada y con sus esperanzas frustradas; es ahora, en este preciso momento, cuando podemos girar la vista atrás, y empezar a comprender el eterno e inmenso legado que ha dejado para los restos, para la historia del cine y para la historia universal, películas que se proyectarán en el futuro y que serán recordadas siempre por su perfección interpretativa, por su extraordinario compendio entre comedia y tragedia, por el excelente reflejo que hacen de las miserias y las grandezas del ser humano, por el romanticismo extremo que transmiten, por la increíble, y hasta hoy insuperable, INTENSIDAD POÉTICA que muestra ese pequeño vagabundo en cada uno de sus movimientos, gestos y miradas.
Hay una escena que sintetiza todo lo que significa Chaplin para mi y para millones de fans suyos de todo el mundo. Es de “La quimera del oro”. Charlot (como de costumbre) ha quedado perdidamente enamorado de una joven llamada Georgia. Esta, sabedora de los sentimientos que Charlot alberga hacia ella, decide jugar con él, y se compromete a pasar la fiesta de Nochevieja junto al pobre hombrecillo. Pero llega la esperada cita, y Georgia no aparece. Charlot escucha entonces a lo lejos, el alboroto de los que celebran la llegada del año nuevo en el salón del pueblo. En esa fiesta se encuentra Georgia, que se ha olvidado por completo de su compromiso. Charlot se acerca a la ventana del salón, donde se queda observando en el umbral, triste y abatido, mientras la muchedumbre canta y festeja. La sensación de vacío y de profunda soledad y tristeza que consigue transmitir Chaplin, con tan solo esa última mirada perdida, justifica la figura de Charlot como héroe rebelde que intenta por todos los medios hacerse un hueco en el mundo y ser feliz en él. Esa mirada perdida es, como muy bien describió Alexandre Arnoux, famoso literato francés, “una mirada compasiva hacia el constante fracaso del destino humano, donde nos vemos reflejados yo, ustedes y él.”
Hay muchísimas escenas más para el recuerdo, como algunos gags desternillantes de El gran dictador o Tiempos modernos, la estremecedora secuencia en la que Charlot salva al chico Jackie Coogan de ir al orfanato en El Chico, el primer encuentro entre el vagabundo y la chica ciega en Luces de la ciudad, o el último número cómico de Candilejas, para el que Chaplin invitó a su gran rival de la época, Buster Keaton, en un acto de dignidad que le honra aún más si cabe. Juntos despiden una época en la que fueron los amos, una forma de hacer cine que desaparecería por completo de las pantallas de cine, pero que permanecería para siempre en la memoria colectiva de todos nosotros. Una forma de hacer cine que es el cine en sí mismo.

“Está por encima de cualquier elogio porque es el más grande. ¿Que otra cosa decir?. Es, en cualquier caso, el único cineasta que puede soportar sin ningún malentendido el calificativo tan equívoco de “humano”. Desde la invención del plano secuencia en “The Champion” hasta la del cinema-verité en el discurso final de “El Gran Dictador”, Charles Spencer Chaplin, aún permaneciendo al margen del cine, ha llenado en definitiva, este margen con más cosas (¿qué otras palabras se pueden emplear: ideas, gags, inteligencia, humor, belleza, gestos…?) que todos los cineastas reunidos…..Se dice hoy Chaplin como se dice Vinci, o mejor, Charlot como Leonardo. ¿Y qué homenaje más bello se puede tributar a un artista de cine, en pleno siglo XX, que citar estas palabras de Rossellini después de ver “A King in New York”: “es la película de un hombre libre”.
Jean Luc Godard
Sobre esta entrada
Estás leyendo: “Charles Chaplin,” del blog de: TheJoseTree
- Publicado:
- 04.09.08 / 8pm
- Categoría:
- Charlotadas
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